Norte y sur

Amaya levantó la mirada y la estancia se iluminó con la luz de unos ojos limpios y brillantes.

La primera vez que me adentré en el mundo de los vascos fue a los 18 años, en un colegio mayor de Pamplona con nombre vasco. Lo vasco y lo incomprensible se daban la mano, al menos para mí.

Hasta entonces sólo sabía del país vasco por las noticias de la televisión sobre eta, sobre Miguel Ángel Blanco…

Amaya caminaba rápido, erguida y recta, con la cabeza alta.

Alrededor de las chicas vascas había algo de misterio. ¿Cómo era posible que estuvieran tranquilas con el problema que había con eta y que vivieran sus vidas como si nada?.

Al menos yo no me acostumbré a esa amenaza. De pronto había una manifestación por algún incidente como un aviso de bomba en la universidad. Las compañeras vascas eran más fuertes, más duras que el resto. Yo me veía a su lado demasiado vulnerable, demasiado débil.

Amaya contestó a mis preguntas:

— ¿De dónde eres?

— De Guipúzcoa, me dijo orgullosa.

Y parecía que Guipúzcoa fuera el paraíso terrenal. Que si no eras de Guipúzcoa no eras de buena familia, vaya.

— Agur.

— Adiós.

A ver, ser andaluza en el norte es un poco duro. Luchar contra los prejuicios y estereotipos llega a ser una tarea agotadora y adaptarse a un tono un tanto histérico y dramático también.

Dentro de las chicas vascas había una gran variedad: guapas, morenas, rubias, feas, bondadosas, con malicia, seguras, ansiosas…

Amaya era a mí lo que la manzanilla al jaramago, lo que un Audi a un Škoda.

Una versión mejorada de mí misma. Un alter ego impensable. Pensé que a lo mejor era verdad lo que decían de que los vascos eran de una raza superior, claro que luego pensaba en Itziar y desechaba la idea por completo.

Lo duro, lo trágico, lo hermético era vasco. Pero también lo misterioso, lo prohibido y lo evasivo.

El poder del dinero también era vasco. Por entonces habían construido el Guggenheim, yo desconocía lo que era, solamente había escuchado que tenía forma de barco.

Lo vasco era respetado por temido, pensé.

No obstante, se supone que las chicas vascas que estudiaban en Pamplona eran las más españolas y menos vascas de todas, pues algunas eran hijas de empresarios que pagaban el impuesto revolucionario. Hijas de papá, en teoría…

En la práctica cada una tenía su propia mochila.

En la impecable Pamplona los nombres también eran vascos muchas veces.

En la facultad un compañero hablaba sin complejos con acento andaluz. Por un lado me sentía un poco avergonzada por las risas de algunos pero por otro lado admiraba su naturalidad y su frescura. Lo andaluz y lo vasco en el fondo tienen cosas en común, están conectados como por conductos subterráneos.

Recuerdo los viajes en la línea de autobuses Navarro- Andaluza que creo que ya no existe. Se llenaba la alsina de temporeros que recogían la aceituna en Jaén y el espárrago en Navarra y de estudiantes. Creo que perdí algún libro durante esos viajes.

No sé si era peor el olor o la incomodidad de los asientos.

Yo sabía lo que en el fondo pensaba Amaya, me lo dijo una vez que se enfadó mucho conmigo:

— Los andaluces son unos vagos.

— Supongo que no lo dirás por mí…

— De Madrid para abajo es África, continuó.

— Al -Andalus tuvo que ser repoblada en la reconquista por gentes del norte. Así que a lo mejor tú eres más de África que yo…

Era el año de la película Titanic, de la canción Corazón partido de Alejandro Sanz. Faltaban varios años para el 2000.

Amaya tenía el pelo castaño oscuro, los ojos grandes y marrones, estatura media y una bonita sonrisa, era muy parecida a mí. Ella tenía un estilo retro pero impoluto.

Amaya era mi alter ego vasca.

Una noche soñé que caminaba por el desierto y que me moría de sed, soñé que Amaya me proporcionaba agua y me dirigía a una tienda de campaña. Ella se manejaba bien en el desierto. Yo estaba en cambio acostumbrada a la comodidad, a que me lo dieran todo hecho.

Amaya entonces se me representaba como una luchadora, una guerrera.

Acaso Amaya no era real, sino imaginación mía. Porque era demasiado parecida a mí y sin embargo tan distinta en determinados aspectos.

Creo que le conmovía mi mansedumbre y mi ingenuidad. Quizá se compadecía de mi cobardía, de mi ceguera. Amaya era capaz de mirar de frente lo que yo rechazaba en mi mente.

Recuerdé el Gora eta en los caballos de Abascal, imagen que mi inteligencia no podía aceptar.

Amaya no tenía miedo, ella sí era valiente, no como yo.

Por entonces la ansiedad de los exámenes invitaba al suicidio y la desolación de las estaciones de autobuses a la huida.

Más tarde descubrí que Amaya no era más que una de mis personalidades… La persona fuerte que vence los obstáculos y que desea proteger lo tierno y lo inocente que habita en su interior.

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