Marisa y la independencia.

Marisa era una española elegante, poseía cierto refinamiento. De eso no había duda.

Era reservada, mujer de su casa; había aprendido a bordar y a hacer ciertas labores cuando fue estrictamente necesario.

Ya estuviera más o menos delgada se notaba que tenía o que tuvo clase antes de toda esta historia.

Diego era un objetivista: los conceptos tenían un significado fijo e invariable que se debían corresponder con la realidad.

De ser lingüista habría discutido con los experiencialistas duramente. Tan abiertos, tan flexibles, tan ubicuos, ¡uf!.

Pero Diego de lo que entendía era de guerra, de cálculos, y luchaba con toda su inteligencia, con toda su convicción.

No obstante, la luna menguaba cada noche, y a pesar del bonito nombre de Nueva Orleans, el azahar olía a muerte en América del Norte y no había lavanda como la de España para tranquilizar el ánimo.

Y debía sentirse orgullosa de la gran hazaña. Era todo tan grande, tan importante, tan patriótico …

Pues ahora Diego era un héroe, un héroe muerto. Un mártir.

Y Marisa estaba en un país nuevo pero sin hogar, sola, sin Diego.

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