En guerra.

He vuelto a soñar que todo estaba teñido de rojo; la silueta de los árboles, el perfil de la sierra, los campos de trigo…

Los montes besaban la incierta noche y el aire olía a pólvora y a crímenes. Los árboles no abrigaban suficientemente del frío del temor.

Estábamos en la casa grande de los Mateas, en un guateque ; yo giraba en un baile sin fin, en una de las vueltas vi a madre llorando y sin dientes, miré hacia otro lado y vi a padre forcejeando con unos hombres con pañuelos rojos y manos sucias. Yo intentaba detenerme y correr hacia ellos pero no podía parar, entonces caí al suelo mareada.

Me he despertado sudando y temblando de terror.

Los chaparros redondeaban el paisaje de la era rellenando el vacío con sus generosas ramas. Sus anchas líneas recortadas a lo largo del camino delimitaban el espacio confiriéndole un aspecto acogedor, humano.

Los aperos de labranza descansaban tirados en el suelo con premura y alivio.

Dentro de la casa, a la mesa, los segadores, daban cuenta del cocido y la olla calientes y espesos preparados por madre.

Este año eran la mitad de hombres los que venían a segar, por culpa de la guerra.

Estábamos muy solos, alejados del pueblo, aislados en unas tierras cuyo trabajo ocupaba la mayoría de nuestro tiempo y esfuerzos.

Con todo, pensé que el trabajo de los segadores no era más duro que el de bajar a la pila y romper el hielo cada mañana y lavar la ropa en el agua gélida o trasponer hasta la fuente a por agua y cargarla subiéndola hasta el cortijo.

Por unos instantes dejaba de sentir las manos y estas adquirían un color morado que tornaba después a bermellón.

Hoy, mientras planchaba una camisa nueva de padre, se me ha ido el santo al cielo y la he quemado un poco en el lado izquierdo haciéndole un agujero. Vaya disgusto, veremos qué dice madre, espero que ella pueda coserla y haya alguna forma de arreglarlo.

Desde que acorralaron a padre los milicianos, estamos más nerviosos todos, menos padre.

Es incapaz de manifestar sus sentimientos o acaso no desea añadirnos más preocupación o temor. Al final pudo salir airoso subido en Blanquito, nuestro caballo, golpeando con los talones con fuerza al animal. Quisieron asustar a papá pegando tiros y gritando nuestro apellido.

— Nosotros no hemos hecho mal a nadie, no es justo este hostigamiento.

— Hija, esa gente lo que pretende es arrasar con todo, cultivos, ganado, iglesias, …que no quede nada sin destruir.

— Debemos irnos de aquí, Rafael, no estamos a salvo. Tú estás amenazado por ser un hombre de bien y no ser un cobarde. Aquí tan solos estamos expuestos a que venga quien sea y nos haga cualquier cosa.

El viento golpeaba las ventanas y contraventanas como avisando de que debíamos marcharnos, teníamos ya preparadas las canastas con la ropa y un bolso con lo más preciso.

Las lágrimas se me escapaban de los ojos, una congoja se alojó en mi pecho y quise retener la vista del campo y el olor a romero y a tomillo. Dejábamos el cortijo para refugiarnos en el pueblo con unos parientes escapando del peligro que se cernía sobre el lugar.

Salpicando ambos lados del camino, las ulagas y los piornos coloreaban de amarillo la tierra hasta donde los majanos marcan la linde de nuestras tierras.

Las ramas de los quejigos y los almendros se agitaban levemente despidiéndonos.

Una ligera esperanza brotaba de un nuevo destino y unas nuevas costumbres y aquella convivía con una fuerte nostalgia de todos los momentos de libertad y paz que vivimos en Los Sillares.

Aunque el pueblo estaba tomado por el bando republicano, como el resto de la provincia, esa noche dormí plácidamente, sin miedo, sin angustia y soñé en azul, en un cielo azul, un horizonte azul y un pueblo azul.

Abrí la Biblia por un pasaje al azar,

Mateo (5,9): “Dichosos los que trabajan por la paz, porque a esos los va a llamar Dios hijos suyos”.

La Biblia me había dado respuestas muchas veces y no había dejado de copiar pasajes en los cuadernos, con eso y con las cuentas que hacía de las fanegas de trigo o de tierra debía de ser suficiente para prepararme para ser maestra. Por supuesto que saldríamos adelante, teníamos a Dios de nuestra parte.

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Me di cuenta de que la historia

no solo nos atrapó, sino que

nos enlazó sutilmente.

Con una suerte de magia y delicadeza

quedamos suspendidas en el tiempo

compartiendo imágenes, palabras, emociones…

Ya no estaba sola frente a las letras,

sorteaba el camino en compañía,

nos ayudamos al cruzar un río,

al recorrer un sendero.

Me advertías de ramas que no veía,

me mostrabas colores, sombras, matices nuevos.

Todo adquiría otra dimensión

más rica, más humana, más viva.

Amor

Amor,

¿dónde te escondiste?,

sabes que no puedo vivir sin amor…

Te necesito para seguir adelante,

para salir de este abismo.

Amor cálido, amor tierno,

devuélveme la ilusión de esta vida.

Hijo

La noche en que tú naciste

descubrí mi gran amor,

eras un niño, un ángel

de ojos abiertos, un sol.

Permanecimos en calma,

flotando en un dulce ensueño,

pecho, leche, cuna, magia,

placidez y embeleso.

Contigo la tarde es rosa,

el cielo sereno y claro,

el silencio acogedor,

el invierno es verano.

Ojalá hubieras podido

a mis pechos enlazarte,

del blanco néctar libar,

de arrobamiento colmarme.

Galaxias en tu mirada

azabache y profunda

refulgen en el espacio

donde se pierde mi angustia.

Príncipe de mis desvelos,

eres la luz que me guía

por el angosto sendero

de esta impredecible vida.

La noche en que tú naciste

descubrí mi gran amor,

eras un niño, un ángel

de ojos abiertos, un sol.

*****

A mi hijo Juan, luz de mi vida.

Norte y sur

Amaya levantó la mirada y la estancia se iluminó con la luz de unos ojos limpios y brillantes.

La primera vez que me adentré en el mundo de los vascos fue a los 18 años, en un colegio mayor de Pamplona con nombre vasco. Lo vasco y lo incomprensible se daban la mano, al menos para mí.

Hasta entonces sólo sabía del país vasco por las noticias de la televisión sobre eta, sobre Miguel Ángel Blanco…

Amaya caminaba rápido, erguida y recta, con la cabeza alta.

Alrededor de las chicas vascas había algo de misterio. ¿Cómo era posible que estuvieran tranquilas con el problema que había con eta y que vivieran sus vidas como si nada?.

Al menos yo no me acostumbré a esa amenaza. De pronto había una manifestación por algún incidente como un aviso de bomba en la universidad. Las compañeras vascas eran más fuertes, más duras que el resto. Yo me veía a su lado demasiado vulnerable, demasiado débil.

Amaya contestó a mis preguntas:

— ¿De dónde eres?

— De Guipúzcoa, me dijo orgullosa.

Y parecía que Guipúzcoa fuera el paraíso terrenal. Que si no eras de Guipúzcoa no eras de buena familia, vaya.

— Agur.

— Adiós.

A ver, ser andaluza en el norte es un poco duro. Luchar contra los prejuicios y estereotipos llega a ser una tarea agotadora y adaptarse a un tono un tanto histérico y dramático también.

Dentro de las chicas vascas había una gran variedad: guapas, morenas, rubias, feas, bondadosas, con malicia, seguras, ansiosas…

Amaya era a mí lo que la manzanilla al jaramago, lo que un Audi a un Škoda.

Una versión mejorada de mí misma. Un alter ego impensable. Pensé que a lo mejor era verdad lo que decían de que los vascos eran de una raza superior, claro que luego pensaba en Itziar y desechaba la idea por completo.

Lo duro, lo trágico, lo hermético era vasco. Pero también lo misterioso, lo prohibido y lo evasivo.

El poder del dinero también era vasco. Por entonces habían construido el Guggenheim, yo desconocía lo que era, solamente había escuchado que tenía forma de barco.

Lo vasco era respetado por temido, pensé.

No obstante, se supone que las chicas vascas que estudiaban en Pamplona eran las más españolas y menos vascas de todas, pues algunas eran hijas de empresarios que pagaban el impuesto revolucionario. Hijas de papá, en teoría…

En la práctica cada una tenía su propia mochila.

En la impecable Pamplona los nombres también eran vascos muchas veces.

En la facultad un compañero hablaba sin complejos con acento andaluz. Por un lado me sentía un poco avergonzada por las risas de algunos pero por otro lado admiraba su naturalidad y su frescura. Lo andaluz y lo vasco en el fondo tienen cosas en común, están conectados como por conductos subterráneos.

Recuerdo los viajes en la línea de autobuses Navarro- Andaluza que creo que ya no existe. Se llenaba la alsina de temporeros que recogían la aceituna en Jaén y el espárrago en Navarra y de estudiantes. Creo que perdí algún libro durante esos viajes.

No sé si era peor el olor o la incomodidad de los asientos.

Yo sabía lo que en el fondo pensaba Amaya, me lo dijo una vez que se enfadó mucho conmigo:

— Los andaluces son unos vagos.

— Supongo que no lo dirás por mí…

— De Madrid para abajo es África, continuó.

— Al -Andalus tuvo que ser repoblada en la reconquista por gentes del norte. Así que a lo mejor tú eres más de África que yo…

Era el año de la película Titanic, de la canción Corazón partido de Alejandro Sanz. Faltaban varios años para el 2000.

Amaya tenía el pelo castaño oscuro, los ojos grandes y marrones, estatura media y una bonita sonrisa, era muy parecida a mí. Ella tenía un estilo retro pero impoluto.

Amaya era mi alter ego vasca.

Una noche soñé que caminaba por el desierto y que me moría de sed, soñé que Amaya me proporcionaba agua y me dirigía a una tienda de campaña. Ella se manejaba bien en el desierto. Yo estaba en cambio acostumbrada a la comodidad, a que me lo dieran todo hecho.

Amaya entonces se me representaba como una luchadora, una guerrera.

Acaso Amaya no era real, sino imaginación mía. Porque era demasiado parecida a mí y sin embargo tan distinta en determinados aspectos.

Creo que le conmovía mi mansedumbre y mi ingenuidad. Quizá se compadecía de mi cobardía, de mi ceguera. Amaya era capaz de mirar de frente lo que yo rechazaba en mi mente.

Recuerdé el Gora eta en los caballos de Abascal, imagen que mi inteligencia no podía aceptar.

Amaya no tenía miedo, ella sí era valiente, no como yo.

Por entonces la ansiedad de los exámenes invitaba al suicidio y la desolación de las estaciones de autobuses a la huida.

Más tarde descubrí que Amaya no era más que una de mis personalidades… La persona fuerte que vence los obstáculos y que desea proteger lo tierno y lo inocente que habita en su interior.

Consulta

Llegué herida de muerte a tu orilla

con el horror en las pupilas

con el miedo en los labios.

Las olas me mojaban los pies descalzos

y te asustaste del fuego de mi guerra,

todavía había pólvora en mi boca…

Te rebelaste contra mi fatalidad,

contra mi pecho anegado de violencia

contra mi rostro surcado de lluvia

contra la locura de un secreto insólito

acaso falso, acaso ensueño.

Me quedé sin días de rutinaria calma

sin la tranquilidad de la ignorancia.

Había despertado a la culpa

a la muerte, al crimen, al mal.

La mala suerte, la cruz me había rozado.

Y ahora lucho por no enfadarte más

por no hacer daño a nadie

por no dejar que me maten.

Me han dicho:

No hay que dejar que otros nos destruyan.

Debo luchar, pues.

Ojalá puedas ser testigo

de mis nuevos días de calma

de mis tardes sin llanto

de una mirada clara, sin nubes

de un canto de amor y de esperanza.

Otoño

El otoño va cayendo lentamente como una fina lluvia.

Lluvia que cala los portales y los pulmones.

Aunque no encharca, y no es fría.

Además, aún no anochece demasiado pronto.

Esta noche es cálida porque pienso en ti.

He pensado en tu sonrisa, en tu mirada esquiva, en mis lágrimas, en mi confesión.

Pero siempre nos vemos como si nada hubiera pasado.

Como si no nos conociéramos mucho.

Soy yo la que no te conoce, supongo.

El otoño se va colando como una serpiente por nuestro edificio.

Recuerdo la primera vez que te vi: ¡estaba tan exaltada e impertinente!

y tú tan razonable, tan templado.

Se me enreda el pelo entre los dedos, se me está cayendo mucho,

ya no soy tan joven, ni tan feroz…

El otoño es un sueño de color tierra, beige y naranja.

Yo no quiero convertirme en una fruta amarga como el membrillo.

Quiero conservar siempre un sabor dulce, a pesar de todo.

Quedarme con lo bello, con lo fácil, con tu rostro.

Las estrellas salpican el cielo de brillos y tu sonrisa deslumbra en la noche.

Tus ojos marrones silencian mundos enteros albergando historias secretas.

Todavía hace calor en casa.

Las nubes adoptan formas caprichosas a la altura del horizonte.

La carretera me conduce a ti, a tu pecho, a tus brazos.

Tonos rosados y anaranjados se funden sutilmente; anochece poco a poco.

Otro día llevándote en mis sueños, acariciando tu imagen con mis recuerdos.

La mañana recorta las hojas de los árboles que no caen nunca haciendo de fondo azul.

En otoño la ira se enfría y aunque el dolor de vivir persiste, se vuelve más tenue.

La luz de tu rostro me permite olvidar en parte los problemas.

Mañanas, tardes, noches…

Ruedan las horas y se precipitan por los barrancos como tiempo apremiante y suicida de un otoño sin pausa.

La bicicleta

En la vida no siempre todo marcha sobre ruedas. Hay disgustos y contratiempos, algunos buscados, otros no, y hay tropiezos más o menos fortuitos que pueden darle un giro a nuestros días.

Eric estaba atravesando una mala racha. A decir verdad, no era la primera vez que no le iban bien las cosas, pero esta vez la mala suerte se había cebado en él.

Aquella tarde noche fue a urgencias muy angustiado, quería morirse, dijo.

Su mujer lo había dejado por otro con más dinero y más palique. Y por si esto fuera poco, lo había denunciado por malos tratos.

— Encima de cornudo, apaleado— pensaba él.

En urgencias le dijeron que se calmara, que estaba magnificando lo ocurrido, ya que todo se había resuelto favorablemente para él, al no haber pruebas que lo acusaran. Pero el daño ya estaba hecho.

En consulta, en medio de una llantina contó algo de su situación:

— Doctora, mi mujer, bueno, la madre de mis hijos, me ha arruinado la vida. Y aquí estoy, atiborrándome de pastillas para poder tirar para adelante. Yo nunca tuve muchos detalles con ella, es verdad, pero jamás de los jamases levantaría la mano a una mujer, usted me cree, ¿verdad?.

Si supiera usted por lo que he pasado, si usted se hiciera una idea de lo que he sufrido… He llegado a delirar, a sentirme culpable, a echarme las culpas de todo lo ocurrido.

— Cálmese, no tiene sentido que se atormente de esa manera. Aquí le dejo el nuevo tratamiento visado y el informe de urgencias para que se lo entregue a su médico de familia. No deje la medicación por su cuenta, tardan un tiempo en surtir su efecto.

Eric salió del hospital y se dirigió hacia un recodo del recinto, donde había aparcado su bicicleta.

A Eric le gustaban las bicis. Sabía arreglarlas, cuando se pinchaba una rueda la parcheaba, sabía incluso cuándo ésta se iba a pinchar; le echaba grasa a las cadenas y llevaba siempre encima su caja con el bombín y los parches.

Su bici era una Mountain Bike bastante buena, con veintiuna marchas.

Al día siguiente, viernes, había pensado en ir con sus hijos en bici de excursión, prepararía los batidos y los bocadillos y montarían todos en bici disfrutando del paisaje y la naturaleza.

Mientras iba en bicicleta le gustaba cantar canciones positivas. Le gustaba mucho la de “ Yo me declaro inocente” de Luz Casal. Le había ayudado cantarla, la consideraba una canción curativa.

Lo mejor de la tarde fue cuando llegaron al final de la ruta y se sentaron a contemplar la luna roja.

Eric pensó en su vida, en el destino, en los caprichos de la fortuna. Había leído el laberinto de Fortuna de Juan de Mena y mirando la luna roja pensó en los planetas de alrededor de las ruedas del palacio de Fortuna. Las ruedas del pasado y del futuro estaban paradas, la única que se movía era la del presente. Lo que contaba era el presente, lo sabía y era sobre la bicicleta cuando se sentía realmente vivo, pedaleando podía sentir el presente correr, el manantial de la vida transcurrir.

Tenía tres hijos, dos niños y una niña. Sí, estaba sin trabajo, pero eso podía cambiar.

En una ruta con bicicletas había conocido a gente estupenda y un señor de unos cincuenta años le había sugerido que le ayudara a llevar unos terrenos que tenía, a cultivarlos, controlar el riego y vigilarlos.

Nunca nadie dijo que la vida fuera fácil, pero sentados bajo un álamo, ese viernes por la tarde, con sus tres hijos, se sintió plenamente feliz y afortunado. Eran los tres unos niños sanos y estupendos y en cuanto a él, el futuro estaba por escribir, estaba dispuesto a subir la cuesta por la que estaba atravesando y a no rendirse y así poder ver el paisaje desde la cima.

La bicicleta

Quería cambiar mi vida, hasta cierto punto.

Así que decidí cortarme el pelo y echarme unas mechas. Me vestí con ropa que nunca había usado y pensé en ahorrar dinero para poder comprarme una bicicleta.

Una bicicleta de paseo, sin la barra de en medio que te puedes clavar en cualquier sitio y más específicamente en tus partes.

Una bici con cestito para incorporarme al trabajo conllevaría un buen comienzo de curso.

Luego tendría que ver de qué manera la protegería del hurto, para que transcurridas las siete u ocho horas de turno siguiera en el mismo lugar, resplandeciente, esperándome.

Aprendí a montar en bici sin rodines a los 8 años, tras un par de caídas solamente. Mi primera bici era pequeña, roja, bajita, pero perfecta. Me sentía mayor e importante.

Ay, “la infancia venturosa, los juegos, la ilusión”, me acordaba de la canción de “El tilo que sombrea” que nos cantaba mi madre.

Por cierto, que de los tres tilos que sembramos ninguno prosperó y tuvimos que plantar en su lugar árboles más fuertes o que se adaptaran mejor a un suelo arenosol.

Habrán pasado ya más de treinta años de aquello….Más adelante, la casa que el tilo no pudo sombrear la derruimos para hacer una más grande, más segura y más bonita. No obstante, todos los árboles permanecieron intactos. Al igual que la piscina.

¡Qué ganas de zambullirse en la piscina y olvidarme de todos los problemas, de todos los disgustos y de mí misma!.

Nadando me sentía verdaderamente viva e inocente, es una actividad que siempre me gustó, incluso gané alguna medalla de natación en la urbanización de pequeña. Pero todo aquello queda ya muy lejos, como en otra vida.

Ahora mis pensamientos giran en torno a una rueda: la rueda de La Fortuna.

En el tiempo que llevo de vida he podido experimentar los caprichos de la Fortuna y muchas veces he deseado que no hubieran pasado determinadas cosas, o no haber tomado ciertas decisiones; no haber elegido esa universidad privada, no haber ido a aquel colegio mayor de monjas en el que me hicieron la vida imposible, no haber conocido a tal persona, haberme sabido defender de más de una injuria o más recientemente no haberme enfrentado con el matón del barrio, conflicto del que salí trasquilada por mi falta de experiencia en engaños y maldades.

Pero ya ninguna de las frustraciones, de los fracasos, ni de las heridas tenían remedio. No se podía cambiar nada. Solamente podía extraer mis propias conclusiones y aprender para una próxima vez entre otras cosas que la guantada que más duele es la que no se da.

Ahora era mejor no volver la vista atrás ni para coger impulso y centrarme en mi futura bicicleta y en el viaje por el Palacio de Fortuna.

Entré acompañada de Juan de Mena en el Palacio de Fortuna.

Había en el centro de la enorme entrada tres ruedas de bicicleta; dos estaban paradas, correspondían al futuro y al pasado y una, en medio, giraba sin parar: era el presente.

Alrededor de las ruedas estaban los círculos de los siete planetas. La Providencia era la única capaz de guiarnos por el palacio. Se trataba de una hada muy bella, con manos de porcelana. Ella nos iría acompañando durante el viaje.

Los personajes se hallaban situados en las ruedas del presente y del pasado, la del futuro permanecía invisible. Contemplamos callados los círculos de los siete planetas:

el de Mercurio está dedicado a los consejeros, el de Venus a los amadores (adúlteros y fornicarios).

El de Febo a los sabios y prudentes, ahí están Espido Freire, Juan Gómez-Jurado, Ander Izagirre, Ana Malagón, Txani Rodríguez y Paula Izquierdo.

El círculo de Saturno está dedicado exclusivamente a Arturo Pérez- Reverte, ocupando el lugar que en su día fue de Don Álvaro de Luna.

Tras departir con Juan de Mena durante un rato, Providencia entonó esta canción profetizando acaso la gloria:

Promocionar quieren amigos queridos/

el deporte e las letras en bicicleta /

Confiada estoy en su juicio, señores/

que buen ganador elegirán ustedes/

pues es Febo vuestro inspirador /

gran iluminador es Sol como planeta./

Elijan a una dama graciosa e linda/

E con vuestra clemençia no desdeñen/

los esfuerzos de hacer esta poesía/

aunque no llegará a las trescientas/

Si pueden por favor atención prestar/

Con eso ya quedaré agradecida/

pero si consiguiera esa bicicleta/

por supuesto quedaría más contenta.

Luna roja

Luna roja, qué sola estás.

Vestida de fiesta

sin poder bailar

contemplas los demás astros

con claro pesar.

Luna roja, menstruación.

Sin nadie que te fecunde

pareces callar

pesares recientes

que cuesta olvidar.

Luna roja, fuego helado

las alegres perseidas pasan por tu lado

felices y libres brillan aquí y allá

enamoradas, por parejas

envidia te dan.

Luna roja, redonda desnudez

abochornada por tu ingravidez

tu amor es profundo y sentido

platónico y constante

en abnegado eclipse lunar.