Invierno 

El verano se hizo invierno en una tarde. Las vidrieras de colores se volvieron grises. Las vidas segadas constituyeron un suculento sacrificio para la bestia. Pero la bestia es insaciable y cada vez pide más y más sangre inocente y su vientre se agranda y se hincha y se expande.

Desde el inframundo se escuchan unas risotadas estridentes y los siervos de la bestia gritan en un grotesco éxtasis que Alá es grande, y los ojos excitados se les salen de las órbitas y huyen como hienas, los muy cobardes. 

Los asesinos han sembrado de terror el verano. Nuestra libertad ha sido ultrajada. Cientos, miles de gatos se echan a las calles y maúllan a la luna preguntando:

¿Qué va a pasar ahora?.

Mi querido mar


Admiro al mar. Su majestuosidad, su capacidad de asimilarlo todo, su portentoso vigor, su templanza ante las amenazas. 

A un río cualquier veneno lo intoxica para siempre, pero al mar no.

Los peores crímenes, las pasiones más oscuras, lo inmundo, lo asqueroso y lo más abyecto es neutralizado en el gigantesco vientre marino.

Y sigue viviendo poderoso y renovado, incomprensiblemente fuerte y corpulento.

Yo soy un afluente, un río sensible y débil. Si me arrojan basura me ensucio fácilmente, si disuelven ponzoña en mis aguas, creo morirme y me han de rescatar. Me cuesta restaurarme, doy muchas vueltas a los objetos que me lanzan, suelo bloquearme con los pedruscos o con el lodo que se forma en el fondo. No obstante, cuando llega la lluvia revivo, nazco fresca y dulcemente y vuelvo a soñar con árboles floridos, con lunas que hechizan mis noches, con cantos que me embelesan…
Me siento entonces joven y hermosa y deseosa de entregarme a los brazos de mi querido mar, sabio y eterno, al que tarde o temprano desemboco.

La siesta

La ciudad sin mar dormía la siesta.

Las calles vacías presagiaban poca actividad para la tarde noche.

La canícula actuaba por encima de las aceras recalentadas, y los semáforos, al límite de burbujear, como las cafeteras italianas al hervir el agua, absorbían estoicos el fuego de la atmósfera.

La ciudad sin nombre suspiraba agotada ya en mitad del verano. 

La ciudad anodina permanecía en muchos aspectos sin cambios desde hacía más de treinta años. No obstante, había evolucionado muchas veces. Transformándose desde cuerpo celeste en la infancia, a territorio en la adolescencia, de villa abandonada en la primera juventud a localidad del fracaso y la resignación en la segunda.

La ciudad secreta ya no lo era, había perdido gran parte de su encanto. Las ilusiones se habían ido destiñendo a fuerza de desengaños. La esperanza había pasado a la siguiente descendencia demasiado bruscamente. Relegando a generaciones enteras al océano de la conformidad y la modestia.

Y sin embargo este paisaje ya había sido soñado. El miedo a la caída había estado siempre presente, inseparable y latente en la parte más baja del corazón. Pero junto a este sueño había existido otro. El sueño del milagro, del levantamiento, del triunfo final.
La ciudad sin patria está siempre ahí con nosotros, vieja y joven, eterna. Testigo de nuestro errar inclasificable, terco e iluso. 

La ciudad sufrida es sabia: el mundo entero está representado en sus entrañas.
Paradigma circunspecto del mundo; los ricos y los pobres del mundo son interpretados aquí. Los feos y los guapos, los buenos y los malos. Todos los prototipos se pueden encontrar con poco esfuerzo.

La ciudad árida entonces es hermosa, como hermoso es el desierto frente a nosotros, en tanto que nos hace sentir únicos y especiales. En tanto que su extensión es dominada por nuestra singular visión.

La ciudad olvidada es también paraíso.

Madre de brazos siempre abiertos, a pesar de todo.

La ciudad irreal es una ilusión, no es de verdad. Pues no se saben sus límites. Solo conocemos las calles por las que habitualmente transitamos, lo demás es solo imaginación.

La ciudad ficticia no es de verdad, solo sabemos lo que de ella se cuenta.

El hogar sí es nuestro, pero la ciudad en sí es un artificio para no desubicarnos.

La ciudad nos acuna y consuela pero también nos oprime. Como la fuerza centrípeta de la esposa dominante.

La ciudad recluida ardía como el fuego.

Y entonces el viento de África se marchó y la ciudad sin nombre comenzó a respirar.

La ciudad se sacudió de encima la desidia, se refrescó con un baño de brisa y enfrió levemente sus pasiones soterradas. Y echó a andar, y anduvo hasta que se alejó del país que no la quería, sin rencor pero aún maltrecha. Con el orgullo herido de quien se sabe digna pero injustamente despreciada.

Y vio el mar y vio glaciares y vio bosques y ríos y selvas y todo lo quería para sí; como si fuera de compras y todo se le antojara poco. Y pensó en adquirir palmeras, cascadas y palacios de oriente. Pero se detuvo un instante porque en su país los políticos eran corruptos y cualquier buena idea para el bien común era pervertida y convertida en excusa para mil tropelías y la ciudad no quería volver a ser objeto de disputas entre gentes avariciosas y poco de fiar.

Y la ciudad soñó con no volver jamás, con escapar. Pero entonces acabaría muriendo de hambre sola; además no sabía navegar, si se lanzaba al océano terminaría a la deriva y ahogada.

De manera que la ciudad volvió tras sus pasos a su sitio del puzzle, rellenando de nuevo el hueco que había dejado. Recogiéndose, como siempre, en su sombra y en su siesta.

En paz


Creo que Dios es bueno. Yo necesitaba mucho ser acogido por alguien, entonces conocí a Roberto y misteriosamente se juntaron la necesidad y la oportunidad.

No me importó enfermar con él, de esta horrible enfermedad que se sigue cebando en nosotros, planeando acechante sobre nuestros desvelos y que aún nos parece un castigo divino.

Al menos no estaba solo y estábamos juntos.

Nada fue fácil, pero conocí el amor. He sido libre, he querido y he sido querido como no lo fui antes. Eso compensa todo lo demás.

No es orgullo lo que siento, todo sobrevino de esta suerte y ahora creo que no podría haber actuado de otra forma.

Solo en él me encontré a mí mismo. A mi alma gemela o a lo más parecido que pueda existir.

No repruebo a los que no me comprenden, yo tampoco lo entendería si no me hubiera ocurrido a mí. Siempre me dio miedo ponerme en el lugar del otro.

Nunca hubo una palabra más alta que otra, un reproche, una grosería, un gesto violento. Roberto era tan delicado conmigo, tan educado y tan amable como un ángel. Nos aceptamos mutuamente. 

Sobrellevamos nuestra dolencia con dignidad. Los médicos estaban admirados de nosotros. 

Aprendí más con él que en cualquier universidad. Perdí la inocencia pero gané en humildad y en sabiduría.

Con él conocí nuevas canciones, nuevas recetas y viejos secretos.

Él me enseñó a saborear el café y a apreciar los distintos aromas. Él me mostró los pequeños trucos para mantener la calma. Él me convenció de que la vida es maravillosa y que es para ser vivida.

Fuera celebran una fiesta como un espectáculo con arco iris y colorines.
Nada más alejado de la realidad, de nuestra realidad. La vida es dura y soy demasiado serio para esas parafernalias, aunque me imagino que la intención es buena.

Me hubiera gustado que nuestra historia hubiera sido menos dramática pero a veces la vida tiene estas cosas; le puede pasar a cualquiera, supongo.

Roberto me dejó su sonrisa y sus lágrimas. Hemos llorado mucho, mucho. 

Pero hoy estoy en paz, me refugio en Dios, que lo sabe todo. El mundo no sabe nada.

Como dijo Virginia Woolf: “No se puede encontrar la paz evitando la vida”.

Teoría del caos: el efecto mariposa

El viento levantó los visillos, que tiraron la lámpara de la mesita de noche, que provocó el llanto del niño, que despertó al padre, que fue a consolar al niño, que abrazó al oso, que soltó el chupete, que cayó al suelo, que espantó al gato, que corrió a la cocina, que tropezó con el cuenco del agua, que mojó las baldosas, que hizo resbalar a la madre, que preparaba una tila y que se rompió una pierna. Todo esto consiguió el viento.

Palabras al viento

Cuando el mundo se desmorona, la realidad se difumina y no llegamos a adivinar el significado de los acontecimientos, al menos podemos agarrarnos a las palabras; nadar en el CREA o bucear en el CORDE.

Envolvedme palabras amables, abrazadme palabras buenas. Protegedme palabras sabias. Defendedme palabras firmes.

Las palabras se dejan moldear por el viento de cada región:
En Buenos Aires las palabras se multiplican con el viento; un torbellino febril las hace dar vueltas y reproducirse como las setas, hinchando los diccionarios, apuñalando la economía del lenguaje, agotando los argumentos y maravillando al resto del mundo con su virtuosismo.

Las palabras enamoran, las palabras desnudan. Las palabras acarician, las palabras sanan.



En Pamplona las palabras suben y bajan y las frases terminan en pues. Elegantes y serias.

Las palabras envenenan. Las palabras destruyen. Las palabras hieren. Las palabras condenan. Las palabras matan y sepultan.



En Jaén las palabras se cortan las puntas para subir las cuestas más airosas y ligeras. Sobrias pero cálidas. 

Las palabras lastiman, las palabras arañan. Las palabras desgarran. Las palabras aprisionan, las palabras mienten, las palabras manipulan.



En Guayaquil las palabras suenan suaves y simbólicas, dulces y acogedoras; fruta madura.

Las palabras liberan, las palabras convencen. Las palabras escandalizan, las palabras enternecen.



En Bilbao las palabras son orgullosas, rotundas y firmes; de madera maciza.

Las palabras son miradas, las palabras son guiños. Las palabras nutren el espíritu. Las palabras, brillantes como espejos, designan e iluminan.



Los resentidos 

A los resentidos:
No me culpes de tu herida

de la que no soy responsable.
No comprendes que víctimas

hubo muchas 

en una guerra

que ni siquiera fue tuya.
Culpa a los culpables.

Cúlpate a ti mismo por tu odio,

no a los que discrepan de ti.
La única dictadura que conozco

es la vuestra,

la de los perdedores

como os llamáis vosotros 

sin haber luchado

en una guerra 

en la que todos fracasaron.

No asumo que unos fueran 

mejores que los otros

por haber sido vencidos.

Por más que durante tantos años

lo hayáis repetido.

Lo mucho que mataron unos,

lo poco que mataron otros.

Y con esa excusa

tú has sido siempre un tirano.

Imponiéndome a la fuerza

tu catecismo ateo.

No me persigas

por no pensar en venganzas.

No eres justo, ni bueno, ni noble

porque no eres ecuánime.

No vas a cambiar la historia

por más que quieras

por más odio que sientas

por más que te ahogues en el 

resentimiento.

No consigues ofenderme

aunque lo intentes.

No conseguirás encender 

las ascuas de mi ira,

no te daré el gusto.

No deseo otra guerra.

Leer contigo

Comenzamos a leer un libro cualquiera, elegido al azar. 

Y tu risa mellada, sagrada, 

me saca de las brumas más profundas 

e ilumina la tierra y los cielos; 

pero siento un escalofrío de miedo 

a no saber protegerte de este mundo, 

para el que tú eres demasiado puro y valioso, 

vida mía.

Entonces me avergüenzo

de mí misma 

conmovida por la magia de tu infancia, 

por la claridad de tu mente inocente, 

por el milagro de tu imaginación y tu alegría.

El retrato de Dorian Gray

Aviso: Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad.

Era muy afortunada: era guapa, más que guapa, era increíblemente bella.

Conseguía seducir desde al hombre más sencillo hasta al más poderoso de los millonarios. Ascender a los primeros puestos del partido había sido coser y cantar. Todos se rendían a sus encantos y a su insólita perfección. Nadie podía equipararse a ella en belleza.

El líder del partido, Albert, la había descubierto y la había ayudado a promocionar. La estimaba como a una hermana, y veía en su rostro la frescura y el entusiasmo que representaban exactamente su ideal. Había decidido que ella fuera la imagen de la campaña.

Cuando Inés vio las fotos, se enamoró de la imagen que la miraba; era joven, bella y natural.
No podía sentirse más feliz, aunque un pensamiento fugaz le hizo mudar por un momento la expresión. Deseó por lo más sagrado no cambiar jamás. Seguir siendo siempre joven y guapa como en las fotos de la sesión. Y lo expresó en voz alta, ante la sorpresa de Albert: Daría mi alma por ser tan joven y hermosa como en estas fotos para siempre.

Los problemas en el partido no se hicieron esperar.
Al día siguiente quedó para tomar una tostada integral con su coach.

– No me has contestado al correo que te envié esta mañana, Inés. ¿Has visto lo que ha pasado con Marina, la que nos pidió una reducción de jornada y decidimos echar?. Anoche la tuvieron que atender los servicios de emergencias. Había ingerido una cantidad ingente de somníferos.

– No me lo puedo creer. Le iba a escribir un correo diciéndole que le dábamos una oportunidad. No tenía derecho a hacernos cargar con esa culpa. Qué mal rollo. Ha sido una egoísta y una estúpida, ¿qué consecuencias puede acarrearnos?. Nuestra imagen se puede ver deslucida.

– Vamos, Inés, ten en cuenta que aquí no queremos a gente problemática, y esta chica estaba bastante descentrada; por no decir que últimamente era una calamidad.

– Yo quise aceptarla de nuevo, pensé que era lo correcto. Esta fatalidad lo ha impedido. Es curioso, pero no me ha afectado de la manera que pensé que lo haría. Espero no parecer insensible por ello.

– Vamos, hija. Con esa belleza que tienes, nadie podría pensar eso de ti.

– Y si dejara de ser guapa, ¿qué?

– Entonces tendrías que luchar duro para conseguir tus objetivos. Hasta ahora todo ha sido a pedir de boca. Pero qué bobadas dices, tú vas a ser siempre guapa.

Al día siguiente, en el restaurante donde solía almorzar, se encontró con Albert.

– Es horrible, Inés, dijo Albert con lágrimas en los ojos y cara de no haber dormido en toda la noche.

– Ah, sí, lo he hablado con mi coach. Debemos abordar la situación con la mayor discreción.

– ¿Qué estás diciendo?. ¡Ha muerto!, ¡Marina ha muerto!. Y tú te comportas como si nada hubiera ocurrido, parece que no lo sintieras. Cuando te conocí eras cariñosa, sensible, buena. Ahora eres tan implacable, eres…despiadada.

– Ya no soy lo simple que era antes. Todo ha cambiado y ahora soy más compleja, con distintas miradas de la realidad.

Albert ahogó un suspiro y pensó que después de todo seguía siendo la misma belleza intimidante de siempre. No debía estristecerla.

A las pocas semanas Albert quedó en casa de Inés.

– Tenemos más problemas que nunca, dijo Albert agobiado y sudoroso. Estoy recibiendo quejas de ti. Dime que no es verdad lo que dicen de ti. 

– Sabes que hay mucha gente que siente envidia de mí. Yo soy el mayor activo del partido. He trabajado sin descanso, así que no sé cómo prestas oídos a las habladurías.

– No te reconozco, tu ambición es tan desmedida…, te estás convirtiendo en un figurín, no caes bien, parece como si no tuvieras empatía ni corazón. Eres tan insolente.

– ¿Es que te arrepientes?, di, ¿te arrepientes de haberme elegido?, le increpó ella. ¿Es que no he hecho bastante por ti, por vosotros?.

– Vas alzándote a base de pisar a los demás, Inés. Sólo te quieres a ti misma.

– Bueno, la vida es así, no me vengas con esas, Albert.

Albert respiró hondo. 

– Recuerdo la primera vez que te vi, eras una chica normal, con tus quejas, tus ilusiones, tus inquietudes. Y hoy, ¿qué es lo que hemos creado, santo cielo?. Tus palabras grandilocuentes atruenan los oídos discretos, Inés. No permitas que la soberbia destruya tu alma, amiga.

– Ah, ¿sí?, ¿y qué dicen de mí?.¿Quieres que sea sincera contigo?, ¿quieres saber lo que escondo?.

– Me das miedo, Inés.

 -¿Recuerdas cuando dije que vendería mi alma al diablo a cambio de ser siempre hermosa como en las primeras fotos?. ¿Quieres verlas?. ¿Quieres contemplar mi alma?.Te la voy a mostrar.

Albert, al ver las fotos, que habían estado tapadas por un libro, soltó un grito de terror.

Inés miró las fotos y sintió un odio inmenso hacia Albert y cogiendo un cuchillo que había sobre el aparador, lo hundió en el cuello de su protector. Se oyó un gemido apagado.

La ira hizo brillar los ojos de Inés. Albert le había dicho cosas espantosas, no tenía derecho a hablarle así.

A continuación miró las fotos, eran repugnantes y mostraban ahora una mancha roja en la mano.

Sintió una cólera roja e irrefrenable.

Cogió el mismo cuchillo con el que había matado a Albert y lo clavó en las fotos. Un alarido pavoroso se dejó oír en la calle.

Libro

Hola, mundo. ¿Hay alguien ahí?. Soy un libro abierto por la página 100. Sí, siempre me dejan en la página 100. No sé que me pasa con la gente, pero nadie me lee hasta el final.

Aún no he perdido la esperanza, pero os aseguro que he pensado en hacérmelo mirar.

Al principio pensé que era casualidad. Después llegué a la conclusión de que las personas son inconstantes y perezosas. Más tarde, estuve dándole vueltas a cambiar alguna cosa a partir de ahí, incluso de cambiarlo todo para agradar. Pero, después de mucho cavilar, mi orgullo se impuso y decidí permanecer igual. 

Un día descubrí lo que ponía en la página 100. Me puse delante del espejo y me leí; entonces lo entendí. Era una advertencia; decía así: Si continúas leyendo, tu vida cambiará.

Parece que el mensaje dio miedo al personal.

Por un lado era bueno, pensé, porque eso quería decir que las personas que me leían eran felices con sus vidas y no la deseaban cambiar.

Pero, por otro lado, pensé que vaya hatajo de cobardes y miedicas son los que me leen.

No te puedo decir qué pasa a partir de la página 100. No te aseguro un buen final, pero te lo puedes pasar conmigo genial. Y si te atreves a continuar, unas lucecitas de sorpresa en tu cabeza se encenderán. Me harás muy feliz con tu amistad; que viajes conmigo será para mí un honor.
Te espero en la palabra Fin.